Aseguran los sabios de salón

que si se muestra catastrófico,

si se enjaula en moderadas distancias

es que ha entrado en ti.

Insisten en que si demuestra aprecio medido en pulgadas,

si hay más párpado que iris, más displicencia que atenciones

sueña despierto contigo.

Y en la aprensión ante una comicidad conocida

ironizas ese argumento para no pasar de insomne circunstancial a crónica.

Y con enorme pragmatismo alzas la barbilla

para que las lágrimas regresen a los ojos.

Ahí la verdad cristaliza y atraviesa.

Analizan los puristas de las relaciones

cada desaire como un acercamiento del más inseguro.

Alquimia para los más cándidos.

Si destila tirria va a ser que no le importas. Sin más.

Disparatan los altruistas de esperanzas

que una indiferencia es asomo de consistencia

y en eso, en su reverso

no es más que un olvídate ya.

Y en un espasmo de coherencia se segregan

la falacia de la virtuosa exactitud.

Y colapsada de tanta aportación

corre a los pies del gran canalla gritando:

- Ya sé que no me quieres.

El gigante despliega sus alas.

- Esperaba que tú lo hicieras primero.