Luchar por no desayunar con la pereza,

ducharte con la esponja del optimismo

y peinarte de espinas es lo aconsejable.

Y al sugerir no le afecta la crisis,

este trance de bolas de cristal llenas de humo.

Rachas disculpadas

pues a pesar de entrometerse, de apropiarse de credibilidad,

de dibujar un cero en tu sien…

cuando se va te amparas en la crudeza.

La que te llevará a erguirte en la curva por la que asomas.

Pierdes peso por no contrarrestar la emoción.

Lo ganas cuando comes mentiras entre horas.

Escuchas la parte no barajada por ti

y lo deformado se amolda a lo real.

Lo real apilado en el desguace de lo que te disgusta.

Aflige ver a las ratas acorralando a la verdad,

usándola de trampolín hasta alcanzar tu yugular.

Varada en la playa de la ambigüedad

alguien te incita a decantarte por lo mismo.

Ahora lo drástico enmohecería la armónica torre donde te has retirado.

Ahora plantarse de una pieza sería desmoronar el mecano armado a conciencia sin tragarte ni un tornillo.

Guarecerse en lo mismo puede reflejar indolencia.

Fuera de lo mismo las furias arañan las calles hasta dar con tu puerta.

Y es tras la mirilla donde sólo tú puedes hacer que no sea lo mismo.

Aunque quedes de muesca en una pata del sofá.