Alguien ha hablado de enamorarse.

El enamorarse no hace excepciones

y rasca allá donde cae.

Uno se enamora y se le amontona el trabajo.

Se ralentiza su condición de razonar

que pasa a darse de baja hasta recuperarse.

Se acumulan los expedientes con las explicaciones

que te salven de ese inmaduro estado en que prima indagar

si ha notado que llevas perfume sobre el resto.

Alguien ha comentado que las veces que uno se enamora

vienen secuenciadas por las carencias con las que haya crecido.

Una vez saciadas el desenamorarse no hace concesiones

y es el embrujado quien da un paso más en la madurez.

Madurar significa no olvidar la decepción antes de salir de casa.

Cuando te enamoras adecuadamente progresas

pues recibes de una manera equiparable a las que das.

Se acaban los vértigos del con qué me vendrá hoy

aunque se incrementan las ansias del ya no me sorprende.

No estás enamorado pero terminas amando.

En ocasiones, el enamoramiento pisa el freno

gastando las ruedas de lo ideal.

Idealizamos sin incluir instrucciones, esas las dejamos

para cuando descubrimos que ya no funciona.

Lo inalcanzable atrae hasta alcanzarlo,

una vez puesta la medalla ésta se llena de marañas y patrañas

como que, en realidad, le preferías como amigo.

Alguna vez, te descubres enamorado de alguien inesperado,

de alguien que sabe más de ti pues te ha escuchado incluso cuando no hablabas.

Alguien que pinta de otro color tus esquemas.

Quizá debamos mirar más a nuestros costados que de frente, he leído.

Y ahí debe uno cuidarse de no alterar la naturalidad.

Lo natural puede hacer entrar en razón a quien se niega.

Enamorarse de alguien que no lo está de ti

es la carrera superior más costosa.

Hay quien renuncia a la mitad

y hay quien jamás la termina.

Aunque nadie le puede decir que nunca se ha enamorado

que "haberlos haylos".