Las retiradas son nobles si las causas las justifican.
La paz destaca entre todas aunque no se impone de manera absoluta,
ese absolutismo nos queda tan holgado como las guerras emprendidas.
No hay sastre capaz de dar con el principio ni con el fin de ese enrevesado patrón.
Retirarse en una partida de a dos
intuyéndose perdedor aún llevando ventaja
empobrece los argumentos.
Argumentar, en esos casos, queda estrecho.
La ventaja siempre se ajusta a quien domina las reglas.
Y el estratega
quizá se apiade del que siempre pierde
o se crezca
si el perdedor daba por hecho su torpeza.
Los torpes congregan a sus limitaciones para consensuar un digno rendirse o pactar que el enemigo nunca llegue a saberse derrotado.
Es más ganador el que atesora victorias en la intimidad.
Hablan de retirarse los temerosos de perder el control,
los que deambulan bajo él.
Controlar tienta al poder
y el poder se acobarda ante alguien más sabio o más pellejo.
Debe ser que el control también se debilita.
Hay excusas en una retirada que disminuyen el valor de su porqué.
A la cara de quien te retiras, el efecto puede resultar adverso.
Te retiras por no querer ir a más desafiando a lo que ignoras
pues quizá en ese yendo a más des con lo que buscas.
Te retiras para ordenar, desde cierta distancia, un caos del que parece no haber salida. Y es quizá en ese galimatías donde encuentres tu sitio aunque para ello te debas descolocar.
Se retira quien obtiene lo que quiere y no se salta ese intervalo por si lo que quiere le acaba por enganchar, o se recrea entre sus dudas, y no se deja obtener.
Lo difícil o lo que nos desprecia da sed, lo fácil o lo que se deja en manos confiables nos sacia al último trago.
Ante una retirada, por mucho que asole, se debe sonreír y mirar a alguien
que te prometa que nunca lo va a hacer, que nunca se va a apartar.
Quizá así se paliarían muchas guerras tanto externas como las que se libran en nuestras cabezas.










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