En mi más tierna infancia mis padres cometieron la temeridad de dejarme escuchar de forma intensa a Miguel Gila. En esos años, uno se convierte en una grabadora sin descanso de todo lo que llega a sus oídos.

Por eso, cuando leo hoy en la prensa digital que Israel va a ser "generoso" y va a dejar de bombardear de doce de la mañana a tres de la tarde para que llegue la ayuda humanitaria, es cuando recuerdo que al bueno de Gila le pasaban cosas parecidas: él pedía al enemigo que bombardeara después del futbol, llamaba a la fábrica de armas porque le habían enviado dos cañones sin agujero y tenía que tirar con la bala por fuera o bien se confundía de guerra y en lugar de la del catorce se metía en la del dieciséis.

Sirva todo esto como cruel ironía de un conflicto que existe desde que tengo memoria... y desde entonces, nunca he visto que un elefante haya vencido a un ejército de hormigas ni que el final de un grupo terrorista se haya conseguido sin diálogo.

Son las dos y media de la tarde cuando termino de escribir esta carta. En Gaza hace ya un rato que se terminó el recreo.

Ignacio Caballero