Nació a la tierna edad de diez años en el seno de una familia acomodada, a la cual incomodó desde el primer momento al comprobar que al niño le gustaba retozar en esa parte del cuerpo más tiempo del necesario para alimentarse.

Antes de los 12 dominaba perfectamente la lengua de sus padres, llegando a hacer preciosos nudos marineros con ellas, y con sólo 16 inventó el primer idioma universal que todo el mundo comprendería sin ningún esfuerzo ni estudio previo, y que consistía en describir con palabras los dibujitos de los aeropuertos.

Con esa capacidad innata para ver lo que otros no ven, antes de los 18 llegó a la universidad, y pese a que jamás se acordaría del camino de vuelta, allí conoció a la que sería su compañera, amiga, confidente y amante durante el resto de su vida si no fuese porque ella se los tiraba a todos, menos a él.

La gente que más le conocía asegura que esos fueron, seguramente, los mejores años de su vida. Y luego afirman no tener ni idea de si también lo fueron para él. Pero de cualquier modo, todos y cada uno de los que lo tuvieron cerca, coinciden en destacar el mismo atributo. Se le veía más grande de cerca que de lejos.

Acabó la universidad con notas nada modestas, entre las que ya destacaron "tonto el que lo lea" y "vuelvo en 5 minutos", y enseguida dedicó sus esfuerzos a encontrar trabajo. En eso, la verdad que fue el mejor. Encontró no uno, sino varios trabajos. Decenas de ellos. Cientos, miles. Allá donde iba veía trabajos de todo tipo.

Este episodio de su vida es especialmente significativo porque así resulta más comprensible que, tras varias jornadas enteras encontrando trabajo, lo último que le apeteciera fuese ponerse a trabajar, de manera que acabó interesándose por trabajos que no necesitaban ningún esfuerzo o preparación, como consultor, analista, dictador, polemista, tertuliano o presidente del gobierno.

Tras el ejercicio coherente y consistente de cualquiera de esas profesiones, sólo se puede acabar en un sitio. En la cárcel. Allí haría algunos de sus mejores amigos, todos de muy diversas procedencias, que irían desde la madera y el barro, hasta la plastilina de colores y las mollejitas de pan.

Cuando sale de la cárcel intenta empezar su vida de nuevo, pero el seno de su familia ya no es lo suficientemente grande y tendría que dormir encogiendo los dedillos de los pies, así que decide emprender sus ya celebérrimos viajes.

Abatido, solo, desahuciado y triste, deambula por el mundo en busca de nuevas ideas, y es en esta época cuando más prolífica se vuelve su obra, inventando y patentando, entre otros, la llamada perdida, el desodorante con aroma de piel y el pan de molde triangular ya cortado para fiestas infantiles, con sólo el 50% de calorías.

No es hasta el final de sus días que escribe un libro que vende más que los de muchos fariseos tristes, aquellos que creen que sólo escribe quien realmente pasa hambre, penurias e injusto anonimato.

Como podrás comprender, después de todo, muere de risa.