Soy de esos ciudadanos que no han ido a la Expo. Siento haber estropeado las previsiones de visitantes, pero he tenido poderosos motivos para no asistir.
Esa maravillosa publicidad que es el boca-oreja, en mi caso se ha traducido en unas penosas impresiones que me han transmitido personas de mi entorno cercano.
A la masificación como tónica dominante se añaden sensaciones como que muchos de los pabellones eran poco más que una colección de pantallas de plasma, que muchos de ellos eran simplemente chiringuitos turísticos para vender pines y degustar gastronomía de microondas, que la preparación del personal era de becarios de temporada o que entre las innovaciones que había para ahorrar agua, estaba el famoso difusor que mezcla agua con aire y que fue un boom... en los ochenta. Rompedor.
Con todo esto, Zaragoza es la que sale ganando con las infraestructuras que hubieran tardado diez años en realizarse. Atrás queda una Expo que, una vez más, presumía de un "Ahora o Nunca" que ha vuelto a ser un "Ahora... lo de Siempre". Hasta la próxima excusa.
AUTOR: Ignacio Caballero.










Escribe un comentario