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La distancia que hay entre mi lugar de trabajo y mi casa me supone apenas media hora caminando o diez en bicicleta. En ese cúmulo de minutos que separan la Puerta del Sol de la zona de Moncloa, uno tiene como paisaje urbano decenas de edificios del Madrid antiguo que han sido rehabilitados con un cuidado en las fachadas más que aceptable. Lástima que muchas de ellas tengan bicicletas en los balcones que afean un poco su aspecto.

Vivo en uno de esos edificos de aspecto parisino y que han sido reformados en los últimos años. Recientemente ha habido una junta de vecinos en la que carezco de voto por ser inquilino y no propietario. No obstante, a través de mi "casero" solicité que se tratara la posibilidad de poder guardar la bicicleta que tengo en el balcón en uno de los dos amplios patios interiores de la comunidad; con el fin de poder hacer un uso frecuente, seguro y fiable de la misma sin tener que subir y bajar tres pisos con ella a cuestas todos los días y sobre todo, sin afear la tan preciada fachada de uno de los edificios que hacen que la gente eleve la vista para mirarlo.

Mi propuesta fue desestimada. Se confirma que Madrid, por mentalidad y legislación, está a la cola de las grandes ciudades españolas y europeas en promover el uso de la bicicleta, los espacios para los peatones y que tanto en esto, como en alguna otra cosa, podemos presumir de paletos.

AUTOR: Ignacio Caballero