.
Siempre he creído en eso de que desplazarse por el Globo curaba varias enfermedades. Desde la miopía más ridícula, que es la intolerancia, hasta las alergias y fobias más absurdas, que son las generadas por los demás. Lo que nadie me explicó a tiempo fue lo educativo y tonificante que puede llegar a ser esto de viajar cuando el medio elegido para hacerlo es aquél que ni es un pájaro ni es Superman.
Para empezar, si te crees que volarás sólo por el hecho de haber pagado un billete, ya empiezas mal. Los que han sufrido de aeropuertos en silencio, saben muy bien que no eres nadie hasta que no tengas un papelote que ponga asiento bajo tu nombre, cosa que a medio plazo tampoco garantiza que vayas a tenerlo bajo tu culo.
Antes de que te confundas, no es una tarjeta de embarque. Es un certificado de civismo. Acredita haber aguantado pacientemente una cola tan lenta como tu prisa para dar en acogida tus maletas y bienes personales, marcados con su etiqueta identificativa correspondiente, por si algún día vuelves a verlos y pretendes recuperar la custodia.
También indica que has sobrevivido a esa señorita tan encantadora que recuerda a la monja que pellizcaba huérfanos, cuando te ha dado a elegir entre asiento medio en la parte derecha o asiento medio en la parte izquierda. Ambos están justo delante de salidas de emergencia, con lo que tampoco son reclinables. Pero eso sólo para el vuelo de doce horas. Antes del trasbordo, tienes primera fila. Durante una horaza larga.
Piensas en donar tu equipaje de mano a la ciencia cuando es capaz de encajarse en el hueco de comprobación sin demasiado esfuerzo, ante el notorio anticlímax de la exmonja venida a más.
Con tu certificado en la boca y el buen rollito desatado, te diriges al control de seguridad mientras te vas quitando el cinturón, la chaqueta, la cartera, el reloj y cualquier cosa digna de la antesala de cualquier cárcel. A medida que te acercas, tú no lo notas, pero se te está poniendo una cara de terrorista que hasta da cosa. La que te revisa los documentos te dedica una mirada a medio camino entre el asco y la sospecha, te grita por enésima vez lo que debes dejar en la bandejita, y tú te preguntas si además tienes cara de sordo que no ha volado en su puñetera vida.
La cinta, el escáner, el detector de metales, el de seguridad, y allí estás tú, con tu bandejita en las manos, tu tarjeta en la boca, y esa sonrisa de gilipollas en tu cara de activista. Como si, sonriendo, detector y escáner te fuesen a indultar. Obviamente, los dos acaban pitando más fuerte que nunca, y tú acabas descalzándote y echando todo tipo de líquidos sobre la bandejita y fuera de ella también.
Una última cola, la del DNI juguetón, y por fin entras en un A320 con motores Rolls Royce y tapicería SEAT 600, para acabar entre dos personas que normalmente doblan tu peso y que ocupan firmemente con sus codos ambos posa-brazos.
Se oye una voz, alguien que se hace llamar comandante te pide perdón por su retardo y te desea un feliz vuelo en idioma y medio. Y a ti que te dan ganas de cogerle el micro y responderle con sabiduría de feria.
Qué alegría. Qué alboroto. Otro perrito piloto.










La verdad es que tienes toda la razón, pero en este pais nos hemos aconstumbrados a pasar por el aro, y a aceptar cualquier tipo de malas caras y malas modos, eso si con una cara estupenda y una sonrisa fabulosa, bueno espero que tus vacaciones hayan ido mejor que tu periplo por el aeropuerto.