Salvo aquellos momentos en los que tenemos conciencia de no estar haciendo nada, lo cierto es que nos pasamos la vida haciendo.

El hacer llena todo nuestro espacio vital. Cada día es una suma encadenada e interminable de haceres y deshaceres, un permanente ir tejiendo los segundos con los minutos y las horas.

A veces conseguimos que sea con hilos y tejidos propios. Nos gusta la pintura y pintamos; nos encanta un trabajo y lo hacemos; vibramos por ayudar y ayudamos; nos fascina la alegría y reímos; queremos amar y amamos. Cada vez que ocurre, sentimos que todo fluye de forma natural y agradable, porque lo que hacemos es la prolongación de lo que sentimos y somos. Hacemos lo que somos.

Pero demasiadas veces nuestra vida la vamos tejiendo con materiales ajenos, alejados de nuestros intereses. Y como hay que sobrevivir, acabamos recurriendo a las finas agujas del cinismo o el fingimiento, a los hilos descoloridos del desinterés y de las rutinas sin esperanza, a los retales sin historia que otros nos imponen. Nos toca hacer lo que no somos.

Ese íntimo aleteo frágil y mágico que conocemos como felicidad, siempre lo percibimos, a veces de forma muy tímida, a veces impetuosa, cuando lo que hacemos es consecuencia directa, sin frenos, comedias ni falsos respetos, de lo que realmente somos.

Si "ser o no ser" es la cuestión, "hacer de acuerdo con el ser" es la plenitud