No está claro si llovía a cántaros o nevaba, pero se estaba mal en la calle. La doctora E. se puso el abrigo, recogió un pesado paquete de historias clínicas y salió del despacho apresurada para tomar el autobús privado que hacía el trayecto entre dos hospitales de la misma universidad americana. Cuando llegó a la parada, el autobús se estaba marchando.
Por suerte, cien metros más allá se detuvo ante un semáforo y pudo correr hasta alcanzarlo, entonces llamó a la puerta del conductor y le lanzó una mirada apurada. El conductor le devolvió la mirada y ambos establecieron un diálogo silencioso. La súplica duró cuatro o cinco segundos, mientras el semáforo se mantuvo cerrado y la esperanza de la médico abierta. El conductor no abrió la puerta. El autobús se puso en marcha y se perdió en la adversidad meteorológica, dejando en la joven una mezcla de contrariedad y pena.

Seguro que esa era la norma, pero todos sabemos que a veces lo mejor es enemigo de lo bueno. Quién no se ha sentido frustrado ante una ventanilla que se cerraba implacablemente o al no poder visitar a un enfermo por no traer tal o cual papel rutinario; quién no ha visto desbaratada una esperanza porque el que en ese momento decidía no veía ninguna opción.

No se cuestiona la normativa, que garantiza el orden y evita el favoritismo (aunque para eso, curiosamente, si hay manga ancha), es evidente que en muchos casos no se puede ni se debe hacer excepciones y así tiene que ser. Pero en muchas otras ocasiones, los caminos no están totalmente establecidos; "No, no es posible, lo siento" o "Sí, quizá sea posible, vamos a intentarlo" son dos actitudes que dividen a las personas. ¿Por qué decir siempre no? Hay dos razones básicas para ello, el rigor excesivo y la falta de amabilidad, pero hay también otra razón fundamental que es la falta de inteligencia. La gente torpe no desea encontrarse con un error, no quiere líos, no quiere devanarse los sesos.

Por suerte hay personas que sí son capaces de entender una situación complicada, personas quizá generosas, tal vez solo empáticas, pero desde luego listas, dispuestas a encontrar una solución para ofrecerla a un desconocido, sin nada a cambio más que la ayuda. Algunas virtudes humanas parece que solo se asocian a grandes momentos, pero no es así. La compasión, la sabiduría y el talento están en la vida cotidiana y, a la vista de tantas barreras y prohibiciones, parece claro que solo los inteligentes saben hacer excepciones.

PILAR VARELA.