"El pasado jueves pude asistir al espectáculo de un amigo que más que espectáculo, es una tasación de gónadas. Durante algo más de dos horas, mi amigo se planta cara a cara ante un ejército de más de ochocientos prejuicios para cantarle las cuarenta principales a rojos, fachas, progres, modernos, anticuados, monárquicos, pirómanos, republicanos, nacionalistas, curas baratos, putas piadosas, políticos caros y empresarios afines.
Lo dispara con munición cargada de humor y de inteligencia, que son las más rápidas, las más dolorosas y, desde mi punto de vista, las más indisolubles, es decir, que ya no me creo el humor sin pizca de inteligencia ni la verdadera inteligencia sin nada de humor.
De vuelta a casa, no podía parar de pensar en la necesaria diferencia entre rol, papel, personaje y persona. Y en cómo la tele aplana estas cuatro dimensiones y las vuelve una sola. Porque es entonces cuando nacen los peores prejuicios. Cuando juzgamos el papel sin conocer el rol, al rol sin conocer al personaje, o al personaje sin conocer a la persona.
Como soy muy corto y me lo creo todo, cuando hay que definir, me voy al diccionario. El gran Dimitri Martin siempre cuenta que la primera vez que buscó una palabra en el diccionario fue para buscar la palabra "diccionario". Y la definición que encontró, como no podía ser de otro modo, fue "eres idiota".
Rol, función que alguien cumple. Papel, parte de la obra dramática que ha de representar cada actor, y la cual se le da para que la estudie. Personaje, cada uno de los seres que intervienen en una obra teatral o cinematográfica. Y persona, individuo de la especie humana.
Juzgar a alguien sólo por haberlo visto siempre como jefe, o como amigo, o por la tele, es como decir que conoces el color azul porque sólo lo has visto en el cielo, que es el que más se ve. Tan correcto como incompleto.
Y más aún si tienes en cuenta que el ginecólogo, padre de familia y con gustos sadomasoquistas en lo que al sexo se refiere, no adoptará el mismo papel en la consulta que en la cama, no será el mismo yendo a buscar a sus hijos al colegio que leyendo un panegírico, actuará siempre dependiendo del rol que le toque jugar en cada momento. Y todos esos papeles se verán afectados por el personaje que él crea que debe representar en la vida, más o menos sincero con uno mismo. Y ese personaje beberá necesariamente de sus cualidades y defectos como persona (del super-yo, que hable quien se lo crea).
Una interrelación tan evidente y necesaria como conveniente, que nos hace seres completos y complejos, imposibles de definir completamente por sólo una persona, por sólo un ámbito de actuación.
Todos sufrimos de prejuicios. Son como el fast food de las relaciones humanas. Sabes que no son buenos, pero de vez en cuando resultan inevitables. El problema no es dejar de tener prejuicios, porque eso es imposible. El problema es cuando hace tiempo que no destruyes ninguno. Eso es que te estás creyendo demasiado, que te escuchas demasiado a ti mismo, que quizá no estés dejando que la realidad haga lo único para lo que sirve, que es sorprenderte y contradecirte.
Para acabar. El amigo del que hablo es Pedro Ruiz. Y este hartículo, por la cantidad de gerundios corregibles, se lo dedico a otra amiga que cambió un prejuicio por mi teléfono, va por ti Espido.

Risto Mejide