Mírate estas palabras. Fíjate bien en cada una de ellas. Morfemas que tú coloreas en fonemas cuando los vas pasando por el pincel de tu voz y el lienzo de tu cabeza. Letras que jamás fueron inventadas para ser escritas, sino para ser leídas. Idioma que jamás fue pensado para ser dicho, sino más bien para ser escuchado. Ese debió ser el origen de todo. Escuchar lo que alguien tenía que decir, y no al revés, decir lo que otros tenían que escuchar.
No escuchamos. Ya nadie escucha. Nadie repara en lo que dice el otro. Estamos todos sumidos en un inmenso, solitario y ensordecedor silencio, y lo mismo da que nos digan, nos expliquen, nos cuenten, nos avisen, nos chillen o nos susurren. Monólogos secuenciados que sólo guardan breves silencios para esperar impacientemente a que el otro acabe.
Andamos más sordos que mudos, mucho más preocupados por lo que nos pasa por la cabeza que por lo que nos estén diciendo. Y así nos va.
Los partidos políticos sustituyen las propuestas por las opuestas. En algunos foros aún se plantean si se debe o no hablar con los terroristas, cuando creíamos que era evidente que si no utilizas la herramienta de la democracia, que es el diálogo, sólo te quedan las herramientas de la no democracia, que son las armas. Jamás hemos escuchado al planeta hasta que ya no ha habido más remedio y se nos ha puesto a gritar. Casi ninguna marca ha entendido de verdad el primer postulado del Cluetrain Manifesto, eso de que los mercados son conversaciones. Una emisora propagandística elabora un panfleto audiovisual de 45 minutos arremetiendo contra los catalanes, mucho más preocupada por hacer de la lengua un arma arrojadiza que por conseguir que la gente se entienda. Y mientras, la principal caja de ahorros también catalana sigue preguntando desde su eslogan si queremos hablar con ella, cuando la pregunta que se hace uno es, dentro de esa conversación, quién va a tener que escuchar a quién.
Creo que fue un austríaco con nombre de lavadoras, Wittgenstein, el que escribió que los límites de nuestro lenguaje son los límites de nuestro mundo. Y yo siempre he pensado que deberíamos escuchar más al lenguaje, porque suele dar acertadas pistas sobre el uso de las palabras. Si utilizas el adjetivo "mi" antes de la palabra novia, esposa o amigo, la gramática te dice que eres un posesivo. Si explicas lo mucho que "amabas", su definición te responde que eso ya es pretérito, pasado y seguramente imperfecto. Tanto si hablas de "escuchando" que es gerundio, como si has "hablado" en participio, en ambos casos "conversas", que ya es muy presente e indicativo. Y cuando hablas de "enamorarse", viene el diccionario y te dice que mejor lo trates como reflexivo.
Escuchar no hace daño a nadie. Créeme, lo hemos probado todos alguna vez. En las relaciones sentimentales, los psicólogos dicen que es propio sola y únicamente del período de seducción, cuando el hombre habla para impresionar y la mujer escucha para hacerle creer que está impresionada.
Pero claro, eso de escuchar e interactuar, implica la peligrosa posibilidad de que alguien te pueda hacer cambiar de opinión. Y en los tiempos que corren, tiempos de valores inertes (coherencia, consistencia, rigidez), muy alejados de los valores de los seres vivos (cambio, adaptabilidad, flexibilidad), parece mucho más cómodo, rentable y por tanto correcto, ser escuchado antes que escuchando, emisor antes que receptor, muy sordo antes que un poquito mudo.
Yo, en realidad, mientras escribía esto ya he cambiado un par de veces de parecer. Debe ser que me escucho demasiado.
AUTOR: Risto Mejide










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