La Coctelera

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Categoría: RISTO MEJIDE

24 Febrero 2009

Es una regla universal. Siempre llora antes quien no debe. El llanto, el verdadero llanto, el auténtico jugo de penas, aparece por primera vez siempre en el sitio equivocado. En los ojos del dejado y no en los del que deja, en los ojos de la víctima y no en los ojos de su asesino, en los de los padres de Marta, y no en los de Miguel.

Por eso, hoy quiero romper todas las lanzas que me queden por los que viven dolidos, por los que mueren sanados, por todos los que están jodidos hasta el punto en el que todo les da igual, por todos los que perdieron el norte, independientemente de la distancia a la que se encontraran de él.

Igual es que hoy me siento un poco menos infalible, y por tanto, menos idiota, lo mismo es que se me fue la mano con sentimientos a fondo perdido, pero creo de verdad que con cada día que pasa, quien no se hace más vulnerable es que no merece ni la vida en la que está.

Hoy me solidarizo con el dolor más genérico y con el más concreto también, desde el más profundo sufrimiento de unos padres con la alegría extirpada, hasta elmás tonto y pasajero que me pueda llegar a inventar, hoy me inscribo en la legión de luchadores que apuestan que van a perder, porque saben que es la única forma que tienen, a partir de ahora, de ganar.

Intentamos disimularlo, pero el dolor seco que sucede al llanto es todavía más amargo que cualquier tormenta de sollozos salados. Intentamos sobrevivirnos, pero la ironía de la vida es lo único que no tiene final. Y es esa ironía, irónicamente, la que nos mata.

Es injusto que llore quien no debe. Es injusto que ya no esté quien debería estar. Es injusto, y por eso mismo ya no tiene nada que ver con la justicia.

Justicia sería volver a desconocerlo que ahora sabemos. Justicia sería no haber perdido ni un ápice de nuestra inocencia. Justicia sería seguir creyendo en la justicia. Justicia sería que Marta despertase hoy.

El resto, el resto son sólo apaños de ser humano que hace lo que buenamente puede. La noticia pasará, el caso será archivado, los imputados juzgados, los culpables encarcelados temporalmente y la opinión pública seguirá su vida como si nada de todo esto hubiese ocurrido.

Pero no dejo de pensar en esa madre ilusionada hace 17 años, el día en que estaba a punto de parir a una preciosa niña a la que llamaría Marta, cuando el médico de turno le dijo seguramente la única frase cierta de toda su vida. Esto te va a doler.

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31 Enero 2009

Adoro los tiempos difíciles. Me encanta cuando todo va realmente mal. En la pareja, en el entorno, en la economía, en el deporte, en la sociedad. Qué quieres, igual es que le tengo mucha estima a la ironía y demasiada fe en el ser humano (como si fuesen dos cosas distintas). Pero estoy convencido de que nos sienta bien esto de estar tan mal.

Para empezar, porque nos devuelve la humildad que perdimos durante la bonanza. Un verdadero bofetón con la mano abierta de la vida nos recuerda lo poca cosa que siempre hemos sido. Como cuando ves un accidente mientras conduces, y levantas un rato el pie. Como cuando vuelves de un funeral, y decides volver a dejar de fumar.

También porque podemos llegar a gozar, aunque sea por un instante, de la lucidez de la que sólo disfrutan las víctimas, apreciando mucho más lo que alguna vez tuvimos, lo que aún podemos disfrutar y lo que algún día pretendemos recuperar. Y eso me reconforta. Mucho.

Nos sienta aún mejor que tanto infortunio sea colectivo. Que lo vivamos todos, qué coño. Cuando el sufrimiento se democratiza, deja de pertenecer sólo a unos pocos. La novedad de estos tiempos es que empiezan a sufrir los que hasta ahora no sufrían, y eso me consuela mucho más que a un tonto un lápiz. Cuanto más pasta tenga el damnificado, mayor será la catarsis colectiva.

Otra gran ventaja es el nivel de incompetencia que está poniendo de manifiesto. Entre los que hacen leña del árbol caído y los que se talan a sí mismos sin que nadie se lo haya pedido, el suelo está lleno de tronquitos, astillas, palillos y maderos listos para quemar. Cuando bajan las aguas del si funciona no lo toques, los primeros que afloran son los mediocres, los incapaces, los idiotas y los burócratas (como si también estas fuesen cosas distintas).

Sí, creo en las purgas de mediocres. Qué pasa. Creo que los que sólo se preocupan por salvar el culo lo tienen ahora mucho más difícil, y eso me hace muy pero que muy feliz. Me alegra tanto, porque también me jode de manera desmesurada ver que a veces -como también se dice de los difuntos- son los buenos los que se van.

Creo que por culpa del botox, ahora es la dificultad el verdadero espejo del alma. Saca a flote la realidad de las personas, su fondo más oscuro, su verdadero yo. Y tanto conflicto ayuda a simplificar mucho las cosas, pues a partir de ahí, como ocurre con las parejas, sólo existen dos salidas, o salir reforzados o morir definitivamente en el intento.

Pero lo que más me interesa de estar realmente jodidos es la cantidad de oportunidades que, sin querer, empiezan a desfilar por delante de nuestra manifiesta incapacidad para verlas venir.

Cuando las normas de antes ya no valen, el riesgo ya no se tiene, en el riesgo se está. Cuando todas las previsiones provocan poco más que risa floja, atreverse no es una opción, sino gerundio. Y esa combinación, dicen los entendidos, es el abono perfecto para las buenas ideas.

Por eso, quiero acabar con un cariñoso mensaje dedicado a todos los lameculos que siguen lloriqueando para que otro les saque las castañas del fuego.

Tres palabras: no hay otro.

Tres más: jamás lo hubo.

24 Enero 2009


Como toda duda, ésta también nació certeza. Y como toda certeza, llegó con varios kilos de ignorancia bajo del brazo. Había que vestir tanta desfachatez ante la intemperie de las posturas, así que, para empezar, se hizo con algunos estereotipos. Ya sabes, atajillos populares, baratos, prêt-à-porter y muy trillados que hacen el camino a la respuesta tan sencillo como falaz.

La certeza no viaja bien. Le tiene pánico a la gente nueva y a los espacios abiertos. No es para menos. Cada vez que sale de casa, corre el altísimo riesgo de tropezar con algún espejo en forma de contradicción, evidencia que, de pronto y sin avisarlo, podría convertirla en mentira. Y éstas sí que, con el tiempo, se vuelven frágiles como el cristal.

Por eso, las certezas siempre se blindan de miedo. Dado un número suficiente de fantasmas, rumores y peligros externos, una certeza puede sobrevivir años e incluso siglos en el invernadero de nuestra conciencia. De ahí que lo primero que buscara la certeza fuese ponerse a salvo de toda experiencia, oportunidad y contaminación.

En este caso, su primer gran aliado fue una mente que encontró cerrada a cal y canto. Un cerebro un tanto desocupado, sí, pero sobre todo una masa donde no entraba aire fresco que arrojase ninguna luz. Y ya se sabe que, sin luz, no hay manera de que existan gamas.

En ese lugar, la certeza, todo hay que decirlo, fue feliz. Por fin campaba a sus anchas por un universo monocromático, alimentado por una sola fuente de información, donde poder pudrirse de purismo y tradición, tomadas como piedras fundacionales que validaron todas y cada una de sus extradiciones mentales.

Pero un día, sucedió lo inevitable. A la certeza le nació una inquietud. Le salió justo en medio de la cara, así que no hubo manera física de disimularla. Con toda la contundencia, seguridad y aplomo que siempre había demostrado, ahora tenía que enfrentarse al mundo de las ideas con esa pústula en medio del jeto, que le restaba integridad y coherencia por todas partes.

A esas alturas, todo el mundo ya sabía que la inquietud es una de las patologías menos deseables, más propia de burdas y vulgares preguntas que de respuestas con pedigrí.

Por eso, no es de extrañar que, ante tanta inseguridad mal llevada, de pronto, empezase a cambiarle la voz, volviéndose menos sugerente y susurrada, con mucho más volumen y exclamación.

La inquietud, indiferente e ingenua como sólo la verdadera inquietud sabe ser, fue creciendo en tamaño e intensidad, llegando a inocular litros y litros de curiosidad en esa certeza, que cada día se sentía más débil.

Un día, una preciosa mañana de agosto, a la certeza se le cayó el miedo. Y descubrió, bajo la costra pútrida de cobardía, una preciosa, tierna y decidida duda. Descubrió también que no valía la pena resistirse, ni seguir fingiendo. Que, como todas las dudas, pronto tendría la manía de reproducirse.

Y no me preguntes por qué, pero desde ese momento tuvo valor para reconocer lo que sabía, humildad para reconocer lo que no sabía, intuición para descubrir lo que no sabía que sabía y paciencia para seguir desconociendo todo lo que aún no sabía, y seguramente no sabría jamás.

Se hizo duda y con ello, se hizo eterna.

Se hizo humana y con ello, se hizo bien.

16 Enero 2009

Okupamos el barrio del olvido. Desde hace ya un rato. Acudimos de tanto en tanto al barrio del miedo, nuestro barrio de siempre, aquél en el que crecimos, el que fuera levantado no hace mucho por políticos, profesores y madres que lo hacían sólo por nuestro bien. Pero nuestro vecindario de ahora mola mucho más. Aquí mandan las marcas, que tienen más dinero y muchos menos escrúpulos.

Y es que la gran alternativa al miedo es el olvido. El nuevo juego barra negocio se llama hacer olvidar. El pasado, los problemas o al vecino, da igual. El caso es borrar la memoria, sustituirla cada dos por tres, convertirla en material fungible y convertir nuestro álbum de recuerdos más personal, encuadernado con piel de gallina, en un triste bloc de post-it notes.

Lo sé porque, durante un tiempo, yo también he sido mercenario de la amnesia. Lo sé porque, de un tiempo a esta parte, lo vengo corroborando. La gente que más rápido olvida es gente de voto fácil, boca abierta y billetera feliz. Es la base de todo consumo. Sustituir viejos recuerdos por nuevas expectativas, dedicar cada vez menos tiempo al debe y mucho más al haber.

La melancolía, simiente de toda genialidad y romanticismo que antaño tantas buenas tardes nos diera, ha quedado relegada a su papel más injusto de toda la historia, venida a menos como algo triste, absurdo y rematadamente inútil. Estás obligado a mirar palante. Si no, estás 'anclado en el pasado'. Y a mí que siempre me da por pensar en que si tan malo es llevar ancla, por qué no la eliminarán ya de una puta vez de toda embarcación.

La palabra trampa es 'nuevo'. Nuevo como eterna promesa que jamás se cumple, porque muere en cuanto se hace mayor. Nuevo como infantil espejismo que se esfuma en cuanto se hace presente, como sinónimo irrevocable e indiscutible de algo mejor. Cuando, digo yo, que no siempre será así. Nadie me avisó de que, a partir de ahora, avanzar exigiría necesariamente quemarlo todo por donde venimos pisando. Ahí está el triste o nulo papel que juegan nuestros ancianos, que empiezan a serlo cada vez más pronto.

Pues yo me niego, oiga.

Me niego a olvidar. Con la misma fuerza que me niego a ser olvidado por aquellos a los que alguna vez quise. Por la misma razón que me llevó a decidir lo que acabé haciendo. Sentenciaba mi abuela que es de bien nacidos ser agradecidos, y yo me siento muy agradecido a lo bueno y lo malo que me trajo aquí, porque en algún sitio había que estar, y si éste es el mío, es mejor que ninguno, vaya que sí.

Pero es que hay mucho más. Que me encanta echar de menos. Que es de las cosas más bonitas que pueden pasarme por dentro. Saber que hay algo o alguien que está separado de mí por una distancia o un tiempo insalvables, y aún así, quererle bonito y desearle bien, pero de lejos. Y si encima sabes que es temporal, entonces ya es el no va más. Amar la ausencia del que va a volver tiene algo tremendamente excitante, la de rellenar su hueco con retales de sueño e ilusión.

Que extrañar tiene mucho en común con extraño. Que si la primera refleja lo que sentimos, la segunda debería indicarnos cómo no sentirnos ante lo que sentimos.

Y al final, este texto, oiga, que vuelve a no decir lo que quería decir.

No sé de qué me extraño.

13 Diciembre 2008

Tiempos de amor pasteurizado, besos que ni rozan las mejillas y afectos de todo a cien. La calle se llena de enemigos íntimos con amigos invisibles, malabaristas del presupuesto entre nuestro propio debe y su temeroso haber.

El amor hace tiempo que es sólo un eslogan, la familia feliz un buen casting y cualquier tipo de aprecio ya lo encuentras limpio de toda ‘a’. Y a mí, entre tanto mariachi, cada vez me cae mejor la gente que sabe lo que odia y –sobre todo- cómo, cuánto y por qué lo odia.

Supongo que es porque estoy harto de la gente esa flower power que cree que lo importante es amar a todos en todo momento. Si no sabes odiar, cómo quieres que te crea cuando me dices que amas. Las monedas de una sola cara han sido, son y serán siempre falsas, por bonitas que sean.

Tampoco aguanto a los que etiquetan el odio como sentimiento a ocultar, reprimir e incluso aniquilar. Odiar es tan humano y natural como defecar, (no quiero escribir cagar, que queda feo), y por muy desagradables que sean sus resultados, no veo justificado tratar de suprimir actos tan sanos.

Por eso, lo digo con la boca bien grande. El odio hay que sacarlo todo, pero hay que sacarlo bien.

Para empezar, hay que pasarse un buen rato odiándose a uno mismo. Llámalo meditación, oración, iluminación o examen de conciencia, da igual. Pero el odio autoinfringido es algo así como una vacuna, que en su justa dosis es necesaria para el progreso, la protección y la evolución, aunque en exceso podría llegar a resultar letal. O como una lavativa, que ni gusta ni apetece, pero purga que da hasta gusto.

Seguramente no te valga de nada mi experiencia, pero sólo después de odiarme mucho he aprendido cuándo y cómo quererme bien.

Más tarde, hay que provocar ciertos odios y dejarse odiar por algunos. Yo, hay determinada gente que espero francamente que me odie. Si no, igual me podría sentir hasta decepcionado. Hablando del tema, este texto va dedicado a todos los que me odian (aunque te parezca mentira, alguno hay, a que es increíble). Porque jamás lo van a leer. Y a los que sí lo lean, también se lo dedico, por haber hecho algo tan estúpido como perder minutos voluntariamente con alguien al que odias, y por confirmarme así que tienen que seguir perteneciendo a ese selecto grupo.

Por último, siempre he creído que había que odiar un número determinado de cosas. Como mínimo, una por cada persona a la que se ame. De este modo, algo malo también nos abandonará el día en que nos tengamos que despedir de ella. No arregla nada, ni te hace sentir mejor, pero el resto de soluciones tampoco y allí están, escritas por todas partes.

Al final, lo que nos permite amar lo que queremos es lo lejos que nos encontramos de lo que odiamos. Lo que nos sienta mal de lo que nos pasa es lo que mejor nos define. Lo que más nos define, más nos molesta, es más real. Y la realidad, en definitiva, es como cualquier tipo de amor.

Molesta de cojones.

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7 Diciembre 2008

Jefe, qué se debe. Anda tráeme la cuenta. Te iba a pedir la dolorosa, pero me temo que en este caso, además de dolor, va a haber alivio.

Igual no nos viste, pero hace un tiempo entramos los dos juntitos de la mano, ella y yo. Yo que siempre cené solo en mesas de diez, esta vez no había hecho reserva, y ni mucho menos para dos. Elegimos esta mesa porque pensamos que era la más romántica, la más apartada, y la única en la que creímos no haber estado jamás.

Igual no te fijaste, pero vinimos con hambre de muchas cosas, dispuestos a apagar toda sed. El hastío nunca fue opción. Quedarse con las ganas no entró ni en el más barato de los menús.

Durante un tiempo, todo estuvo deconstruido, todo al revés. Comimos con los ojos, tocamos con los labios, y saboreamos con la piel. Nos encontrábamos en todos los turnos, por encima y por debajo del mantel, y no había quien se dejase recomendar. Sabíamos cuál era nuestro plato, en qué punto lo queríamos y hasta cuánto lo íbamos a degustar.

Pero no hasta cuándo.

Quizás por eso, recuerdo perfectamente el día en que ella empezó a pedir fuera de carta. El día en el que mi ensalada fresquita de manías se convirtió en un pesado empedrado de defectos. El día en que su revuelto de dudas leves se transformó en empanada mental.

Y entonces lo vi. Se había enamorado de mí porque deseaba a ese otro en el que pretendió convertirme. Como quien, a fuerza de ir, acaba exigiendo sushi en un mexicano, burritos a un italiano o paella en un japonés.

Fue estúpido tratar de entenderlo. Inútil tratar de saber por qué. Tranquilo, que no te voy a pedir el libro de reclamaciones. No es culpa de nadie. Simplemente pasó, y antes de que nos diéramos cuenta, ella preguntaba lo que comían las otras mesas, los dos bebíamos para no charlar y yo miraba los mensajes del móvil mientras intentaba disimular nuestra crisis de ganas de superar nuestra crisis.

Poco a poco, sin darnos cuenta, nos habíamos transformado en una de esas parejas que al principio mirábamos con mezcla de risa, miedo y pena. Ésas que sólo se hablaban para reprocharse cosas, ésas que transformaban cualquier ocasión en un silencioso y tenso cara a cara, cualquier lugar en una salida, cualquier invitado en un menos mal.

Ahora que ya todo me sabe a tarde, y todo me sienta peor, ahora ya todo me recuerda a un casino. Más importante que saber estar, es saber cuándo largarse. Aunque aquí, como ves, el último que se levanta, la paga.

Hazme un favor, descuéntame todo lo que jamás pedí y aún así tuve que tomar, como sus cenas familiares, sus reproches a mis mejores amigos y mis pajas nocturnas a la luz de la tele.

Tampoco me pongas lo que pedí y jamás me trajeron. Como esa vida juntos, esos planes hechos a mentira, esos hijos que tuvieron nombre mucho antes que existencia, esa casa unifamiliar que jamás hubiera podido pagar.

Descuéntame todo eso y dime cuánto te debo, que yo te lo pago.

Y no te preocupes si al final nada cuadra. No te me apures si pago de más.

Con el cambio, me haces otro favor.

Le envías una botella del mejor champán a los labios de esa mesa.

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28 Noviembre 2008

Señoras y señores, están ustedes a punto de presenciar uno de mis momentos más apasionantes del año. Me encantaría decirles que poseo un don, que las veo venir y que jamás me pillan por sorpresa, pero nada más lejos de la mediocridad. Tal día como mañana, si nadie lo remedia, me habré hecho -aún más- mayor. Tal día como mañana, mis genes, mi alopecia y yo habremos superado al mismísimo hijo de Dios. Que se vaya lavando su padre.

Sí, amigos. Mañana a estas horas habré añadido una primavera más a mi ya escasamente útil existencia. Qué maravilla. Qué emoción. Pienso salir a la calle saltando y cantando cualquier canción de Shirley Maclaine para ir apagando todas las velas que encuentre a mi paso, incluidas las de los bautizos y restaurantes cool, mientras me tiro con fuerza del lóbulo izquierdo una vez cada cuarenta y dos minutos, hasta que me lo pueda poner de fular neorromántico, ideal para esta ola de frío polar.

Cumplir años es como la gripe, la capa de Ramontxu o el taxi de un alérgico al desodorante. Algo que duele mucho, aparece cuando menos lo necesitas y sobre todo algo por lo que todos, nos guste o no, tenemos que pasar como mínimo una vez cada doce meses. Y digo como mínimo, porque siempre hay un número indeterminado de conocidos, proveedores y familiares segundos que intenta acertar con la fecha, y no hace más que ganársela a pulso año tras año.

Te llaman, te escriben, te dicen lo mucho que se acuerdan de ti, y tú vas y te lo crees, cuando lo único que están haciendo es acelerar los trámites para poderle hacer click en el aceptar de su agenda del Outlook, y así poder seguir escribiendo cartas de amor en el muro del Facebook de un tipo gordo y feo que se hace pasar por una conocida top model.

El problema no está en que te recuerden tu edad. El problema está en el verbo. No se llama recoger años, amasar años, ni deglutir años. Se llama cumplir años. Y siempre he creído que uno debería cumplir sólo lo que promete. Nada más. Y nada menos.

No sé.

El caso es que tampoco soporto a la gente que te pregunta la edad. No es un tema de ahora, que ya he pasado a engrosar con orgullo las primeras filas de la juventud dorada. Nunca lo he soportado. Aparentes lo que aparentes, siempre pierdes. Si aparentas más, de pronto, y sin hacer nada, has perdido lo poco o nada que tenías de atractivo. Pero es que si aparentas menos, todo lo que ganas en atractivo lo pierdes en credibilidad. Y si no, que se lo pregunten a los tipos con cara de crío que se tienen que dejar barba para que les tomen en serio.

Y ahí es donde llegamos al punto crucial. La ropa. El estilismo. El look. En realidad, lo peor de cumplir años es que tu ropa no se actualiza contigo. Un día te pones la sudadera esa con la que antes lo rompías todo, y algo no funciona. Un día apareces en una cena con las deportivas de toda la vida, y la gente te mira mal.

Ese día has cumplido algo más que años, y lo notas, especialmente, porque dos nuevas y desconcertantes sensaciones han empezado a crecer con fuerza dentro de ti.

La sensación de que sabes perfectamente lo que están pensando.

Y la sensación de que te da absolutamente igual.

14 Noviembre 2008

No sé de qué se quejan los que se quedan en la puta calle. Si estar en la calle es maravilloso. O es que no lo ven. En la calle puede pasarte de todo. Desde un tiesto en la cabeza, hasta la mierda de un perro que no sabe sacar de paseo a su mascota. Todo es posible poniendo un pie en la calle, y encima gratis. Aún los empresarios les estarán haciendo un favor, y ellos sin agradecérselo.

Además, estarás conmigo en que las cosas más fascinantes que pueden ocurrirte en la calle son, seguramente, aquellas a las que les prestas menos atención. Como por ejemplo, cruzarte con alguien.

Nos cruzamos, fundamentalmente, con desconocidos. Gente que no nos aguanta la mirada más de tres segundos. Gente a la que en principio no volveremos a ver en la vida. Y si lo hiciésemos, jamás recordaríamos haberlo hecho. Gente para la que no somos más que paisaje incómodo en su campo de imagen, extras secundarios y fugaces de una película a la que ellos también llaman vida. Su vida.

Pero qué pasa cuando nos cruzamos con un conocido. Qué ocurre cuando reconoces o eres reconocido. Aquí se desencadena un Big Bang social de dimensiones tan desproporcionadas como imprevisibles.

Puede tratarse, en primer lugar, de un encuentro, que es aquél en el que los dos cuerpos deciden interactuar, o de un desencuentro, que es cuando uno de los dos practica el si te he visto no me acuerdo.

Este último es feo, muy feo. Siempre hay alguien que se queda con cara de hola. Expresión que se intentará disimular antes de que alguien más identifique el cataclismo, y que dejará a la persona ignorada preguntándose algo parecido a y yo a éste qué le he hecho.

Pero es que en el caso de un encuentro, nadie te garantiza que la experiencia vaya a ser más placentera, además de que la casuística resulta hasta tres veces más compleja.

Primero están los que conoces, pero no sabes de qué. Aquí lo más importante es dejarles hablar hasta que te den suficientes pistas como para identificarlos. Preguntas como qué tal te va todo, y cómo va aquello que me contaste, suelen ser providencialmente auxiliadoras. De todos modos, no te desanimes si cuando os despedís aún te preguntas quién coño es ese tío. Hay una alta probabilidad de que a él le haya pasado lo mismo contigo. Se conocen casos de gente que se enzarzaron en disquisiciones de horas pese a no conocerse de nada.

Luego están los que conoces, sabes de qué, pero no recuerdas su nombre. Otro clásico. Aquí, lo que yo hago es preguntarles directamente, oye, tú cómo te llamabas. En el momento se sienten incómodos y ofendidos, pero cuando contestan, con un quiebro de cadera dialéctica digna de sofista de todo a cien, les espeto, no hombre, de nombre ya, me refiero a tu apellido. Infalible.

Por último, están los que ni sabías que conocías. Después de meter la pata una y otra vez saludando a estos con un encantado, a lo que respondían, de nuevo ofendidos, ya nos conocíamos, me he dado cuenta que lo mejor es saludar siempre con un simple qué tal. Es de suponer que, en la próxima frase, ellos mismos se posicionen en cualquiera de las anteriores. Salvo que sean italianos y te suelten un qué tal qué.

En fin.

Que cuánta gente por ahí.

Y qué poquitas las personas.

Sobre manhattan

BLOG PERSONAL DE IGNACIO CABALLERO(nachetec@yahoo.es) Hazme tu página de inicio Corría la primavera de 1975 y todo el mundo decidió llamarme Nacho. No he protestado desde entonces y tampoco lo voy a hacer ahora. El nombre de este blog es el de un lugar llamado Manhattan, que evoca a la única promesa pendiente de cumplir. Espero que te guste el contenido, pero sobre todo, que te animes a participar. Abrazos en los recovecos del alma.
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